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Felices 98′ y el parque.

Yo soy del 92′ hagan cuenta de cuántos años tengo. Mis recuerdos más marcados comenzaron en el 98, cuando vivíamos en San Francisco Antioquia y hacía mucho frío. Mis padres eran pastores allá de una iglesia cristiana; esa parte de mi niñez la amé con todo mi corazón y me permitió ayudar incondicionalmente a las demás personas, algo que me ha ayudado en gran manera hoy en día.

Mi primer recuerdo es el lugar donde vivíamos. La casa era de cuatro pisos, las puertas eran azules oscuras, y quedaba en toda una esquina al frente del parque. Al lado de la casa, a mano derecha estaba el hospital.

La iglesia católica era blanca, las típicas que están en cada pueblo de Antioquia. Cruzando el parque estaba la escuela donde estudiaba mi hermana mayor, y al frente de la iglesia, estaba la estación de policías. Al lado de la estación había una cantina, y recuerdo que la odiaba mucho, porque el volumen era tan fuerte, que comenzaban a arder los oídos. Las típicas canciones de despecho ” en una cantina te encontreee, en una cantina te perdíiii” o la típica “cuchilla de afeitar”.

Siempre uno veía a borrachos los domingos tirados en las esquinas, con un olor a alcohol que se sentía a metros y que si los mirabas, la mirada era perdida y desorientada. Yo les tenía mucho miedo porque eran muy impredecibles, así que yo pasaba corriendo, porque pensaba que si no lo hacía me iban a agarrar de un pie.

Los fines de semana, el parque se llenaba de lugares de comida. En todo el centro del parque se hacía un señor Don Arturo con un carrito de ventas donde fritaba buñuelos, y los vendía a cien pesos. Los más deliciosos de la historia Colombiana. Y al frente de mi casa, se hacía Doña Marta la cual vendía perros calientes; lo mas seguro es que vendía más cosas pero yo sólo recuerdo los perros.

Típica vida pueblerina. Hasta que un Noviembre del 98, ocurrió un suceso que cambió totalmente mi vida. Mi perspectiva de las cosas, mi niñez. A las 7pm, estalló una bomba al frente de la estación de policía.

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La noche.

Fué una de las noches más largas que puedo recordar. Los dueños de la casa del segundo piso no estaban, así que por suerte de nosotras nos podíamos esconder. Ese segundo piso se convirtió en nuestro refugio.

Estábamos en el primer cuarto de la casa, acostadas en el suelo. El cuarto tenía una alfombra café claro, y olía a desgaste. Debajo de la cama de esos inquilinos, había un armatodo o Lego. Yo siempre envidíe ese juego a los niños de esa casa pero en ese momento que podía jugar con ellos, sin que me regañaran, no pude.

Hubo un momento en que quería ir al baño, pero lógicamente no podía. El baño estaba ubicado en el patio trasero donde no era para nada seguro ir. Así que mi mamá tuvo la idea de que hiciera mis necesidades en el zapato; el único zapato lindo que tenía y que siempre mi mamá me ponía cuando salíamos de visita. Y bueno, después el zapato fue historia.

Llegó un momento en esa misma noche, de esa larga balacera donde pude sentir la muerte de nuevo susurrándome al oído. Se preguntarán ¿cómo una niña de seis años de edad puede recordar tan bien? A lo cual respondo: Hay situaciones que simplemente se tatúan en tu mente, y esas situaciones no respetan la edad que tengas. Además, recuerdas desde el mismo momento en que lo vives. Es imposible olvidar algo así.

Comenzaron de repente a golpear la puerta, eran muchas personas. Se habían quedado al parecer sin más pipetas de gas para estallar. Así que estaban intentando irrumpir en las casas para conseguir más y para el colmo de males, la pipeta de mi casa llevaba sólo ocho días de comprada. Al final la puerta cedió. Yo sólo oía muchos pasos afanados y a mi mamá tapandome la boca para que no gritara. Nos escondimos a la final en la sala, para que el cuarto no fuera tan obvio. Y funcionó, ellos buscaron en los cuartos menos en la sala. Salvados por la campana y como era de suponerse se llevaron las pipetas de gas de todos los pisos.

Comenzaron a estallar absolutamente todo lo que podían encontrar inflamable. Era tanto el gas, que yo comencé a perder el conocimiento. El olor era demasiado fuerte para que yo lo pudiese soportar, y mi mamá hacía lo que podía con lo que tenía para mantenerme a salvo. Y sólo hasta ahí recuerdo esa noche, esa larga noche que duró casi doce horas de enfrentamiento entre pocos policias y el doble de guerrilla.

La Bomba.

Ese mismo día en la mañana, fuimos a visitar a alguien que vivía cerca del parque. Recuerdo que mi mamá se tomó toda la tarde y yo ya me estaba desesperando, como típica niña con pilas de repuesto.

Al frente de la estación de policía estaba estacionada una camioneta de color rojo. Estaba llena de costales en la parte de atrás, y las personas creían que eran materiales para arreglar la carretera. Todo siguió el curso normal del día.

Cuando se estaban acercando las siete de la noche, yo me comencé a desesperar más de lo normal. Comencé a gritar, a llorar, y a decir que ya me quería ir para mi casa. De todas formas quedaba en la cuadra de arriba, muy cerca. Mi mamá finalmente accedió y me prometió que me iba a castigar dándome rejo (pegar con la correa) cuando llegáramos a casa.

Para llegar a nuestra casa, teníamos que pasar al borde del parque, y pudimos ver a Don Arturo con los buñuelos. Mi mamá compró cinco buñuelos, y me compró un Yogurt. Yo estaba al borde del colapso enojada, haciendo berrinche sin saber porqué.

Caminamos unos pasos más, y cuando mi mamá abre la puerta y entramos a las escalas, se oye un sonido ensordecedor. Si, así como lo muestran en las películas así es. De repente todas las luces del pueblo se apagaron, la gente comenzó a gritar y yo no entendía absolutamente nada. Corrimos como pudimos al cuarto piso donde vivíamos, pero no nos pudimos quedar por mucho tiempo en nuestro piso. Demasiado alto e inseguro. Tanto así, que un pedazo de la camioneta roja cayó en mi cama.

La gente gritaba desesperada en la oscuridad. Oía gritar a una mujer “me estoy quemando”. Yo sólo lloraba, y deseaba con todas mis fuerzas que mi papá estuviera (él estaba en Medellin con mi hermana mayor de vacaciones) pero no fue así, sólo estábamos las dos.

Cómo pudimos en la oscuridad, bajamos al segundo piso y nos metimos debajo de una cama a orar a Dios para que todo pasara, y a intentar calmarnos…

Hola, me presento.

Welcome, Buenas, Bienvenidos, Bien pueda. Me llamo Liz, soy una joven Colombiana que quiere compartir todas sus experiencias vividas de su niñez en el territorio Antioqueño.


Mis padres fueron pastores de una iglesia cristiana, así que tuve la oportunidad de vivir en muchos lugares de Antioquia, conocer personas buenas y malas… De todo se ve en esta vida…De todas formas, si eres Colombiano o de otro país y te quieres identificar o conocer nuestras costumbres bien pueda, este es su Blog.


Yo hago esto, porque quiero conectar con más personas como yo, que hayan vivido cosas similares a las que voy a contar. Quiero comprobar que no estamos sólos. Somos millones de personas conectadas y destinadas para construir sueños y cumplirlos.
Comprobar que existe un más allá que solamente historias.

Post Data: No te esperes en este Blog una redacción brillante. Así como me lees, es mi forma de hablar. Todo lo que les contaré es verídico.

“Mira con los ojos de otro, escucha con los ojos de otro y siente con el corazón de otro.”

-Alfred Adler.

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